con la luz apagada y el portátil encima mía, pasadas las 3 a.m., me transporté a Juanita. Me puse los cascos y, tonta yo, me puse a escuchar canciones que no debería escuchar... canciones que hacen que oiga mi cuerpo vibrar, o que quiera volver a 505.
Pero no estaba en Juanita. Estaba en una incómoda cama de metro noventa. En una habitación en la que me interrumpen los gritos de los demás residentes, y no el rasgar de unas bolsas que al encender las luces de la cocina se transforman en un mapache (de los de verdad) atacando nuestra bolsa de nachos del Costco.
Creo que volveré a cerrar los ojos, y volveré a transportarme antes de quedarme dormida.
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